Columnas mundiales de la SPDI: Oportunidad para el relanzamiento de la política exterior común de la Comunidad Andina

 

Oportunidad para el relanzamiento de la política exterior común de la Comunidad Andina

Embajador Jorge Castañeda

La coyuntura actual ofrece una ventana de oportunidad singular para el relanzamiento de la política exterior de la Comunidad Andina (CAN). Confluyen tres factores que difícilmente se repetirán en el corto plazo: los gobiernos de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú comparten una visión promercado; a partir de setiembre de 2026, el Perú asumirá la Presidencia pro tempore del bloque para el periodo 2026-2027; y su Secretaría General ya está a cargo del embajador peruano Gonzalo Gutiérrez.

Sin embargo, este impulso demanda un liderazgo compartido y corresponsable entre las cuatro naciones, más allá de la titularidad de turno. La iniciativa no debe ser percibida como un interés bilateral, sino como un verdadero proyecto subregional. Este escenario propicio permite retomar con decisión la ejecución de la Decisión 458, norma aprobada en 1999 que establece los Lineamientos de la Política Exterior Común (PEC) en las áreas política, económica y sociocultural, pero cuyo potencial permanece aun largamente subexplotado.

Reconocer los tropiezos del pasado resulta indispensable para no repetir errores. Las rigideces burocráticas, las desconfianzas puntuales entre socios y los vaivenes de los ciclos políticos internos frenaron su implementación plena durante más de dos décadas. Sin embargo, ejemplos exitosos como la negociación conjunta en la Organización Mundial del Comercio sobre subvenciones pesqueras o la articulación frente a la pandemia de COVID-19 demuestran que, cuando los cuatro se coordinan, sus resultados se multiplican. La relevancia de reactivar esta política trasciende lo meramente administrativo: implica un salto cualitativo al dotar a la CAN de una voz y una estrategia únicas frente al resto del mundo.

Contar con una posición coordinada en foros multilaterales y ante terceros bloques no solo multiplica el peso negociador de cada país, sino que fortalece la cohesión interna y la identidad regional. En un contexto internacional marcado por la incertidumbre y las tensiones geopolíticas, esta unidad resulta estratégica. Para Bolivia y Ecuador, esta proyección conjunta resulta especialmente valiosa para defender sus intereses en desarrollo sostenible y recursos naturales con el respaldo de todo el subgrupo. Para Colombia y Perú, que ya cuentan con importantes acuerdos comerciales externos, una PEC optimiza su capacidad de negociación y les permite evitar la competencia desleal entre socios, transformando la CAN en una plataforma de lanzamiento más sólida hacia los mercados globales.

Los beneficios concretos de la Decisión 458 se despliegan en tres áreas de acción. En el plano político, la coordinación andina resulta fundamental para enfrentar amenazas transnacionales que ningún país puede combatir aisladamente: crimen organizado, minería ilegal, narcotráfico, flujos migratorios irregulares y los crecientes impactos del cambio climático. Al mismo tiempo, se consolidan posiciones comunes en defensa de la democracia y los derechos humanos. No obstante, la realidad de 2026 exige incorporar temas que no estaban previstos en 1999, como la ciberseguridad, la transición energética, el comercio digital y los desafíos éticos de la inteligencia artificial, áreas en las que la subregión requiere posiciones coordinadas con urgencia.

En el terreno económico, el potencial desperdiciado es enorme. Hoy, el intercambio comercial entre los países andinos apenas alcanza el 4,8% de su comercio total con el mundo, una proporción sensiblemente inferior a la de otros esquemas regionales como el Mercosur. Una PEC efectiva podría no solo elevar este porcentaje, sino generar un valor agregado estimado en más de USD 8.000 millones anuales en cadenas de valor compartidas. Para lograrlo, se requiere avanzar en temas concretos: eliminación de la doble tributación, armonización de normas sanitarias y fitosanitarias, y facilitación efectiva del comercio intrarregional.

En lo sociocultural, la agenda común permitiría dar plena vigencia al Estatuto Migratorio Andino, que beneficia a más de 115 millones de ciudadanos, y potenciar iniciativas de turismo multi- destino como la ruta de los "Caminos Andinos". Estos beneficios tangibles llegarían directamente a la ciudadanía y reforzarían el sentido de pertenencia a la subregión, algo que ningún acuerdo comercial aislado puede lograr por sí solo.

La filosofía que se debe de llevar adelante en la PEC es que los acuerdos deben traducirse en productos palpables para el ciudadano de a pie, como el desarrollo de iniciativas como el roaming andino, la eliminación de documentos de viaje, el sistema INTERCOM (Plataforma de Interoperabilidad Comunitaria de la Comunidad Andina, el Centro Regional de Inteligencia Fitosanitaria de la Comunidad Andina (CRIFCAN), Caminos Andinos, o proyectos como lograr cielos abiertos andinos o el mercado eléctrico subregional  o el programa de trabajo sobre 13 áreas específicas de lucha contra la criminalidad organizada Esta brújula ciudadana es la que debe guiar cada negociación y cada decisión diplomática, porque la integración solo será sostenible si el ciudadano común percibe mejoras en su vida diaria.

Para que esta oportunidad histórica no se diluya, se requieren acciones coordinadas y sostenidas. En el plano operativo, si bien la Presidencia peruana ofrece un punto de partida inmejorable, el éxito dependerá de que los cuatro gobiernos asuman la PEC como un proyecto propio, más allá del liderazgo circunstancial. Es impostergable que los Presidentes inscriban el relanzamiento en la agenda del próximo Consejo Presidencial Andino, asumiendo compromisos con metas y plazos definidos. Ello debe ir acompañado de una intensa coordinación interministerial, liderada por el Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores, para adoptar posiciones comunes y establecer vocerías únicas en los escenarios internacionales.

La Secretaría General tiene la responsabilidad de proponer una hoja de ruta que actualice los lineamientos de 1999 a la realidad de 2026. Asimismo, se debe institucionalizar una coordinación diplomática permanente entre las misiones de los países miembros y, finalmente, involucrar activamente al sector privado, la academia y la sociedad civil, para que la política exterior no sea percibida como un ejercicio gubernamental lejano, sino como una estrategia compartida que genera oportunidades para todos. Para asegurar el cumplimiento de estos acuerdos, se sugiere además establecer un sistema de seguimiento con indicadores anuales de avance, que permita corregir desvíos y mantener viva la agenda más allá de los cambios de gobierno o de las rotaciones en la Presidencia del bloque.

En síntesis, la convergencia de una misma orientación económica, el inminente liderazgo peruano en la Presidencia y la experta conducción de la Secretaría General configuran una coyuntura excepcional, pero solo será aprovechada si se construye sobre la base de la confianza mutua y la corresponsabilidad. La Decisión 458 ya contiene la hoja de ruta; solo falta la voluntad colectiva para ponerla en marcha, actualizándola con los desafíos del siglo XXI y aprendiendo de los escollos del pasado. Aprovechar este momento con decisión y visión de futuro no solo consolidará a la CAN como un actor relevante en el concierto internacional, sino que demostrará que la integración andina sigue siendo una herramienta viva y eficaz para construir una subregión más fuerte, resiliente y mejor posicionada ante los desafíos del mundo contemporáneo.


 * La SPDI deja constancia que las opiniones vertidas en la presente columna reflejan solo el punto de vista de la persona autora y son exclusivamente atribuibles a ella.