Columnas mundiales de la SPDI: LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ¿REGULAR EL PRESENTE O PREPARARNOS PARA EL FUTURO?
LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ¿REGULAR EL PRESENTE O PREPARARNOS PARA EL FUTURO?
José Antonio García Torres
Militar y diplomático
He visto con mucho interés los distintos comentarios que se han dado en este chat sobre IA, en especial la intervención del Emb. Juan Álvarez Vita sobre inteligencia artificial. Juan plantea una pregunta perfectamente legítima: ¿es necesario un tratado internacional, en el marco de Naciones Unidas, para regular la IA? Hoy día, el Emb. Hernán Couturier, comparte un video haciendo referencia a China que ya vive en el 2050. Otro de los comentarios que he tenido oportunidad de escuchar refiere a una cuestión todavía más importante: ¿cómo están preparando para el futuro a sus hijos quienes están creando la inteligencia artificial?
Creo que allí está parte de la verdadera dimensión del problema.
Un tratado internacional puede ser necesario para determinados aspectos de la IA, particularmente aquellos relacionados con seguridad, privacidad, derechos fundamentales, uso militar y responsabilidad, pero tengo mis reservas respecto de que un gran tratado de Naciones Unidas sea la respuesta central al fenómeno que estamos viviendo.
¿Por qué? Porque estamos intentando regular una tecnología que todavía está cambiando a una velocidad extraordinaria. Lo que hoy consideramos inteligencia artificial de última generación probablemente será una tecnología superada en muy poco tiempo. No estamos hablando de ciclos tecnológicos de diez o veinte años. En algunos campos, estamos hablando de meses.
Los datos disponibles son impresionantes. El AI Security Institute británico señala que, en determinados dominios evaluados, las capacidades de los modelos de frontera están duplicándose aproximadamente cada ocho meses. Stanford, por su parte, registra un crecimiento acelerado de las capacidades, una reducción extraordinaria de los costos de utilización y una rápida convergencia entre los principales modelos.
De otro lado, estamos quienes pertenecemos a generaciones mayores y para quienes resulta más difícil seguir la velocidad, los alcances y, sobre todo, los tiempos de evolución de la inteligencia artificial. La tecnología que hoy la sustenta continúa dependiendo, fundamentalmente, de la computación clásica: procesadores basados en semiconductores que trabajan con bits, es decir, ceros y unos. Pero esta tampoco será necesariamente la última frontera.
No tengo la menor duda de que debemos empezar a mirar desde ahora hacia lo que viene después: la computación cuántica. A diferencia de la computación clásica, que utiliza bits, los computadores cuánticos emplean cúbits, capaces de aprovechar fenómenos de la mecánica cuántica como la superposición y el entrelazamiento. Esto abre la posibilidad de abordar determinados problemas y realizar determinados tipos de cálculos que resultarían extraordinariamente difíciles para una computadora convencional.
Cuando la computación cuántica alcance la suficiente estabilidad, escalabilidad y viabilidad comercial, un campo en el que empresas y centros de investigación como Google Quantum AI e IBM Quantum vienen trabajando intensamente, podríamos encontrarnos ante una nueva transformación tecnológica. Y si esa capacidad llega a integrarse con sistemas avanzados de inteligencia artificial, no estaremos simplemente ante una IA más rápida, sino potencialmente ante nuevas formas de procesar, modelar y resolver problemas que hoy ni siquiera podemos imaginar con claridad.
Las consecuencias podrían extenderse mucho más allá de la propia informática: medicina, descubrimiento de medicamentos, nuevos materiales, ciberseguridad, defensa, economía, relaciones internacionales y, por supuesto, el ejercicio de la diplomacia y la atención consular.
Por eso, quizá el principal desafío para quienes pertenecemos a generaciones anteriores no sea aprender cada nueva tecnología a la misma velocidad que los jóvenes. Nuestro desafío es comprender hacia dónde se dirige el cambio, conservar la capacidad de adaptación y, sobre todo, aprovechar nuestra experiencia para orientar correctamente esas nuevas herramientas.
Porque si algo nos enseña la historia de la tecnología es que la herramienta cambia, pero la capacidad humana de comprenderla, adaptarla y ponerla al servicio de nuestros objetivos sigue siendo lo verdaderamente determinante.
Por eso, cuando escucho que debemos "regular la inteligencia artificial", mi primera pregunta es: ¿qué inteligencia artificial?
La que estamos utilizando hoy, dentro de dos años, probablemente será otra cosa.
Y aquí creo que debemos cambiar ligeramente el enfoque: más que intentar detener o encapsular la IA mediante una regulación que inevitablemente puede quedar obsoleta, debemos aprender a gobernarla, utilizarla responsablemente y, sobre todo, preparar a las personas y a las instituciones para convivir con ella.
Esto no significa ausencia de reglas. Al contrario. Significa establecer principios que puedan sobrevivir a la evolución tecnológica: responsabilidad humana, protección de datos, seguridad, transparencia, supervisión, trazabilidad, respeto de los derechos fundamentales y prohibición de determinados usos. Las normas deberían regular fundamentalmente los efectos y los riesgos, y no intentar describir tecnológicamente una herramienta que mañana puede ser diferente.
Y aquí aparece la pregunta que más me interesa
¿Cómo están preparando a sus hijos los propios creadores de IA?
Porque ellos parecen entender algo que muchas instituciones todavía no terminamos de asumir: el futuro no consistirá simplemente en aprender a utilizar una herramienta de IA, sino en aprender a trabajar, pensar y tomar decisiones en un mundo en el que la IA será una compañera permanente de nuestra actividad intelectual.
Eso cambia completamente la discusión.
En mi caso, probablemente tengo una perspectiva algo diferente a la de muchos de ustedes. Durante toda mi carrera fui visto inicialmente como "el informático" de la promoción. Mi formación anterior estuvo vinculada a las ciencias y, posteriormente, incorporé a mi experiencia profesional la Gerencia de Tecnologías de la Información, en ESAN y el Rediseño de Procesos en la Escuela de Maestría de la Universidad de El Pacífico.
Con el tiempo fui comprobando algo que hoy resulta evidente: la tecnología por sí sola no transforma una organización; lo hace cuando se combina con conocimiento, procesos, gestión y capacidad para tomar decisiones.
Y eso es precisamente lo que veo ahora con la IA.
¿Qué podría significar esto para el Servicio Exterior?
Muchísimo.
Imaginemos, por ejemplo, que un funcionario de Cancillería pudiera disponer de un sistema capaz de analizar simultáneamente miles de cables diplomáticos, informes, discursos, resoluciones de organismos internacionales, noticias, publicaciones académicas y documentos de otros gobiernos, identificando tendencias, contradicciones, cambios de posición y asuntos que merecen atención.
No para sustituir al diplomático, sino para permitirle dedicar mucho más tiempo al análisis político, a la negociación y a la decisión, y mucho menos a buscar información, clasificar documentos o preparar rutinariamente insumos.
Un sistema de IA podría ayudar a preparar, por ejemplo:
- Una matriz comparativa de las posiciones de diferentes países ante una resolución de Naciones Unidas;
- Un briefing para el Canciller antes de una reunión bilateral, integrando antecedentes, acuerdos, posiciones históricas y asuntos pendientes;
- Un seguimiento permanente de determinados temas estratégicos en los países donde tenemos embajadas;
- Análisis de oportunidades comerciales, inversiones y cooperación;
- Identificación temprana de riesgos para comunidades peruanas en el exterior;
- Apoyo a los Consulados para responder consultas frecuentes y mejorar los servicios al ciudadano. Chatbot utilizado en mi reciente experiencia como candidato al Senado.
- Apoyo al proceso de ascensos.
- Traducción, síntesis y clasificación de enormes volúmenes documentales;
- Construcción de una verdadera memoria institucional inteligente, evitando que el conocimiento acumulado durante décadas desaparezca con la jubilación de cada funcionario.
Y esto último me parece particularmente importante para una institución como la Cancillería.
La experiencia de un diplomático de carrera constituye un patrimonio institucional. La IA podría ayudar a convertir esa experiencia dispersa en conocimiento institucional accesible, estructurado y consultable por las nuevas generaciones.
No significa que la máquina "haga diplomacia". Significa que el diplomático tendría mejores herramientas para hacer diplomacia.
De hecho, ya existen esfuerzos concretos en esa dirección. La propia Cancillería peruana ha venido trabajando en la incorporación de inteligencia artificial a la política exterior y ha identificado aplicaciones en análisis político, gestión de información, promoción de exportaciones, inversiones, turismo, cooperación, comunicaciones y servicios consulares.
Entonces, ¿tratado o adaptación?
Mi impresión es que necesitamos ambas cosas, pero en proporciones diferentes.
Necesitamos gobernanza internacional, acuerdos sobre determinados límites y mecanismos de cooperación. Pero sería un error pensar que un tratado resolverá el problema de la IA.
La verdadera ventaja competitiva de los países estará en quién aprende más rápidamente a utilizarla, quién forma mejor a sus funcionarios, quién desarrolla capacidades propias y quién consigue integrar la IA dentro de sus instituciones sin perder el control humano sobre las decisiones importantes. La IA debe utilizarla el aspirante desde la Academia Diplomática.
La pregunta estratégica para el Perú, entonces, no debería ser solamente: ¿Cómo regulamos la inteligencia artificial?
Deberíamos preguntarnos también: ¿Cómo hacemos para que la inteligencia artificial convierta al Perú en un país más inteligente, más eficiente y con mayor capacidad de defender y promover sus intereses?
Y para quienes hemos pasado buena parte de nuestra vida en el Servicio Exterior, creo que esta segunda pregunta merece particularmente nuestra atención.
Porque la IA no está esperando que terminemos de discutir cómo regularla.
Ya está avanzando.
Y probablemente, cuando hayamos terminado de elaborar el tratado para regular la IA de hoy, estaremos intentando regular una IA que ya dejó de existir.
La verdadera preparación para el futuro no consiste en esperar a que la tecnología se detenga para poder adaptarnos.
Consiste en aprender a adaptarnos mientras la tecnología avanza.
Tenemos ante nosotros una oportunidad de oro: preparar a nuestros jóvenes para aprender no solamente a utilizar la inteligencia artificial, sino, sobre todo, a explotarla inteligentemente antes que los estudiantes de otros países de nuestra región. Debemos atrevernos a hacer con la IA lo que Japón hizo con la tecnología en los años 50 y China desde los años 70: adoptarla tempranamente, aprender de ella, adaptarla a nuestras necesidades y convertirla en una herramienta de desarrollo y competitividad nacional.
Y deberíamos empezar por nuestra Academia Diplomática, formando una nueva generación de diplomáticos capaces de combinar la sólida formación humanística y política que exige la carrera con las herramientas tecnológicas que determinarán el ejercicio de la diplomacia del futuro. Es una oportunidad para recuperar y proyectar el prestigio que históricamente ha tenido nuestra Cancillería.
Porque en un futuro no muy lejano muchas profesiones, tal como hoy las conocemos, cambiarán radicalmente. No necesariamente dejarán de existir los abogados, contadores, traductores, periodistas, programadores o analistas; lo que probablemente desaparecerá es una buena parte del trabajo rutinario que actualmente realizan. El profesional del futuro será aquel que aporte lo que la IA no puede sustituir fácilmente: criterio, discernimiento, creatividad, sentido ético, capacidad de comprender el contexto y responsabilidad sobre las decisiones.
Así, probablemente ya no necesitaremos simplemente abogados que conozcan y busquen las normas, sino profesionales con sólido criterio y discernimiento jurídico capaces de utilizar la IA para analizar enormes volúmenes de información, contrastar precedentes, identificar riesgos y llegar a conclusiones jurídicamente sólidas y justas.
Y lo mismo ocurrirá en la diplomacia: el futuro no será del funcionario que pueda procesar más información, sino del que sepa hacer las preguntas correctas a la IA, interpretar sus resultados, contrastarlos con la realidad y convertirlos en decisiones que defiendan eficazmente los intereses del Perú.